El Karma de la tortuga

La tortuga guardaba los secretos del cielo y de la tierra. Sobre su espalda se encontraba un extraño olivo. Cumplia su misión y la luna le mostraba el camino.

La tortuga atravesó el mar de nubes, rozando y a la vez evitando el sol para hundirse mejor en las tinieblas.

El universo estaba allí, delante de ella, la esperaba, negro e inmenso. Estaba dispuesta a echarse en el. La luna blanca la atraía como un imán.

La travesía del cosmos fue una experiencia inquietante, mezclando sensaciones de vacío, de vértigo ante un entorno extraño.

Percibió por fin su destino. La luna estaba triste y seca. Los monos se habían alojado allí y habían traido el viento. La tortuga apeló a su sabiduría y les pidió regresar a tierra.

El olivo estaba por fin en su sitio, permitiendo de nuevo a la luna producir lluvia, agua, vida.

El camino de vuelta fue más fácil. La tierra rebosaba agua de nuevo, bastaba aprovechar del corriente.

Ahora la tortuga casi había llegado a casa. Reconocía al blanco del alba. Sentía que lo había conseguido otra vez.

La isla estaba allí. El manantial estaba allí. Un ciclo más se había sido cumplido. La tortuga ya no se distinguía de sus semejantes. Heroína anónima, ella sabía que debería irse de nuevo, englobada en una aventura que sobrepasaba su propia pequeña existencia.

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